sábado, 23 de enero de 2010

Lluvia y Pecado

Pequeño cuento instrospectivo...

La lluvia caía a cántaros y mientras todos huían del aguacero digno de mencionarse en la Biblia, ella se adentraba más en él, y permitía que la lluvia cayera y cayera sobre su piel, sobre su pelo, sobre su ropa y la lavara, despojándola de toda mancha, de toda suciedad. De todo pecado.

Edificios altos, pequeños, catedrales góticas de elevadas puntas y arcos que pretendieron tocar el cielo, o arquitectura moderna con tan poca gracia que esa misma carencia se transformaba en su atractivo. Gente de cuerpo esbelto, rechonchos, altos, bajos, de labios generosos o mezquinos, de pelo que caía en bucles o liso cual planchado, en su mayoría huyendo de las lágrimas del cielo. ¿Qué importaban, mientras las lluvia pudiera borrar de su mente, de su conciencia, de su alma, todas sus faltas, todos los crímenes, todos sus atentados contra la vida misma?

Debió haber muerto hacía varias decadas, pero aquí estaba, inmortalizada poco antes de cumplir los 30 años. Condenada a sobrevivir a los milenios, a las guerras, a las pestes, al nacimiento, pasión, obra, decadencia y subsecuente caída y sepultura de los reinos e imperios humanos. Eso no podía destruirla. Casi nada podía hacerlo.
Sin embargo, el precio era para volver loco a cualquiera. Cuántos muertos habían sostenido sus brazos tras alimentarse, no podía, ni quería, imaginarlo. La inmortalidad exige un alto precio, suficiente para ser condenado a diez mil infiernos. Pero ella no quería morir. La lluvia era demasiado hermosa y se siente demasiado bien. Los muertos no pueden disfrutarla.

Y lo peor: no le importaba pagar el precio. Disfrutaba viendo cómo las victimas, todas ellas cuidadosamente elegidas, eran presa del pánico, cómo el horror de la propia destrucción se reflejaba en sus ojos, sin importar en qué creyeran. Incluso los que esperaban sus recompensas tras la muerte temían el momento final.
Todos tenían miedo de morir.

Y eso le gustaba. Lo disfrutaba, lo saboreaba. Cada gota del horror hacía la sangre más dulce, más digna de la caza. Y sentir la lluvia sobre su cuerpo, además de delicioso, era purificador.

Una vez lista su purificación, podría pecar de nuevo.

Al sentir la sed, sonrió. Su siguiente presa aguardaba.

jueves, 7 de enero de 2010

La Gente y la Civilización Occidental

Preludio a la Incongruencia

Dudo mucho que alguien lo sepa, e incluso, a muchos menos les importa (dado que en estos momentos, sólo tengo 2 seguidores, no es que mucha gente vaya a leer esto), pero el hecho es que estoy en medio de un semestre de intercambio académico desde Valparaíso, Chile a Offenburg, Alemania.

Todo el mundo piensa "qué maravilla, qué gratas experiencias, qué buena impresión para el currículum, bla, bla, bla, yakirish marikish"... Y los que no, empiezan desde el comienzo... "Alemania!, pero si es tan difícil la cosa allá, el idioma, con los nazis alemanes, los skin head, la cacha de la espada, la pata de la guagua, la campana de goma, los bigotes de Kung Fu, los cuatro cuartos, la carabina de Ambrosio, la pata del catre y lo que sobra está sobre la mesa", y están los que dicen "es tan diferente la cosa, todo tan caro, la cultura tan distinta, que son estrictos, que son aquí, que son allá...".

Ya saben a dónde apuntan todos esos comentarios. Ahora, tras 3 meses viviendo en esta bonita, pintoresca, pequeña aldea ciudad, o pueblo (reemplácese la terminación correspondiente de los adjetivos), me he dado cuenta de todas las falacias que hay detrás de eso...

Las Falacias y la Cultura

En primer lugar, la mayor diferencia cultural existente entre ambos países, es la lengua. Fuera de eso, los alemanes tienen traumas con los nazis, al punto de que una amiga de Finlandia le escribió una carta a un amigo de ella en su tierra natal, y, como en la broma que ellos siempre se decían, saludó con un "Sieg Heil!", a lo que la familia que la recibió estuvo a punto de mandarla de vuelta, haciéndole pasar un mal rato, sólo por una broma que ella solía hacer.

De hecho, me he topado con más rojos que nazis (ninguno a la fecha).

Sobre lo estrictos que son... si consideramos que en Chile jamás se llega a la hora ni aunque la vida dependa de ello, y acá siempre se está puntualmente en todas partes (como debiera ser), no es que sea tan terrible...

Sobre lo del currículum y las experiencias... mmm... eso depende, la mayoría de la gente que viene de intercambio viene con el afán de conocer media Europa, viajar por todas partes y, en los ratos libres, estudiar.

Mi objetivo fue diferente desde el comienzo, yo quería venir a vivir acá, para ver si me sentía bien, si me sentía a gusto, para decidir si en el futuro haría todo lo posible por venirme a vivir acá, lejos de una tierra que me vio nacer, crecer, pero que no me hace sentir bien.

La Civilización Occidental

Ahora, el punto de esta publicación, en su mayor parte carente de sentido, simplemente trato de darle un sentido para poder mantener vivo este pequeño y miserable blog de bajo presupuesto y minimalista (no sé porqué, pero parece que soy un minimalista innato al mismo tiempo que me encanta la grandilocuencia y la mostruosidad en el arte... por ejemplo, compongo música para orquesta, basada en pocos motivos y temas, tratando de explotarlos lo más posible, mientras que un cuarteto de cuerdas me aburre), el punto de esta publicación, como iba diciendo antes de que mis corrientes de la conciencia me desviaran, es que el descubrimiento más trascendental para mi vida acá, es que no hay, en última instancia, prácticamente ninguna diferencia entre las gentes de los dos países que he visitado, y dado que he conocido más gente de países herederos y vivientes de la civilización que nos une, he constatado que no existen más diferencias entre todos, al fin y al cabo, somos hijos de lo mismo: una mezcolanza entre Roma, Grecia, Galia, Arabia, Germania, Sajonia, el cristianismo, el judaísmo y el islam, en mayor o menor medida, pero que nos hace ser básicamente lo mismo...

Ejemplo: la gente me mira igual de raro acá cuando camino por la calle (o cuando me escuchan hablar cuando ando con cuerda) que cuando estaba en Chile, por ser metalero y gótico soy igual de raro acá que allá; la gente a la que le agrado me trata igual acá que allá, a la que le desagrado, lo mismo.

Una de las pocas diferencias que he notado, es que acá la gente te mira a los ojos cuando te habla, y te escucha. Si aprende o no de lo que tienes que decir, es un cuento diferente, pero la gente te escucha, al menos... allá en Chile, fingen que te escuchan, para después decirte que estás mal de la cabeza.

Otro ejemplo: los vándalos hiphoperos grafiteros hacen las mismas payasadas que en Chile, los emos son iguales, la gente se viste sin ninguna gran diferencia, tienen gustos diferenciados sólo por la situación geográfica y sus posibilidades (y lo que esto conlleva en términos de herencias culturales)...

Pero en última instancia, la gente es igual.

Igual de amigables, igual de amables, igual de traicioneros...

En definitiva, realmente cambié de cultura al viajar hasta acá, o sólo cambié el punto del mapa donde vivo?

saludos a toos