sábado, 5 de diciembre de 2009

La última Noche


Palabras Previas


Esta historia rara que me nació hace un tiempo habla de la última noche en el mundo del protagonista... una especie de cuento de terror, una suerte de introducción a una historia más grande, pero que por sí misma sirve bastante como cuento independiente. De hecho, cada una de las partes que hasta el momento he escrito funcionan como tal. Esta parte es la única que está definitiva, según lo que pretendo.


Y como dato curioso extra, es probable que se convierta en una obertura :P... algún día, ya tengo algunas ideas básicas para ello.


En fin, la historia... (tuve un deja vú al escribirla aquí o.O...)



La última Noche


La lluvia caía incesantemente esa noche en la ciudad. Sin ser capaz de conciliar el sueño, con su fino olfato era capaz de oler la humedad filtrandose por la ventana cerrada, sentía el frío en su piel, reptando por debajo de las sábanas, entrando en la habitación a través de la ventana con las cortinas abiertas. Con sus ojos cerrados, notaba los relámpagos y podía casi contar las gotas en el techo, exceptuando los aterradores instantes en que los truenos hacían sentir su presencia, cada vez más fuertes, rompiendo el silencio tras las gotas, como si quisieran apoderarse completamente de la noche con su estruendo infernal.


Cuando abría los ojos, acostado de espaldas en la cama, quedaba frente a la ventana, observando las macabras siluetas de ignotos fantasmas visibles sólo por la noche. Las gotas golpeaban con fuerza el vidrio y de vez en cuando, los relámpagos daban vida a las espectrales figuras producto de su luz a través de las hojas y ramas del plátano oriental puesto frente a la casa. Ubicada su habitación en el segundo piso del pretérito caserón, el árbol cubría maravillosamente su ventana de las miradas indiscretas del otro lado de calle.


Ora una cara aterrorizada por la lúgubre malignidad de la noche, ora garras cerniéndose amenazadoras sobre la cama, los relámpagos no daban tregua a la imaginación al iluminar las diabólicas ramas, produciendo un escalofrío onírico e irreal en su espalda mientras miraba. Decidió que lo mejor sería mantener los ojos cerrados, rogando que Hipnos se lo llevara de una vez, pero cada trueno, cada luz enceguecedora causada por la ira de los cielos lo devolvían a la realidad, contrarrestando el hechizo que el hermano de Tánatos trataba de imponerle, para impedir que éste se lo llevara.


Nunca le asustaron las tormentas eléctricas, pero ésta en particular lo tenía inquieto. Los tonos azulados de la oscuridad lo hechizaban, al tiempo que lo aterrorizaban. Las llamas del Hades debían tener ese color, siempre pensó. La luz de un auto pasando por la calle cambió momentáneamente el azul de la ventana por un amarillo que le hizo pensar que volvía a la vida. Un sudor frío comenzó a aparecer en su frente, donde nace el pelo. Sin importar su color natural, ahora era negro, negro como el presentimiento de que algo no andaba bien, de que la noche traía un mal que duraría para siempre. La noche, su noche, duraría para siempre. Rogaba que Hipnos se lo llevara pronto, para no sentir cuando Tánatos llegara, ni siquiera sabía si sería él el que llegara, ni cómo sería posible, pero es lo que deseaba en aquel momento. Láquesis y Cloto reían mientras Átropos cortaba el hilo que era su vida. No con las tijeras de oro, sino que con una de un acero oxidado que tardaría tortuosamente en hacer su trabajo. Pero lo haría. La seguridad de que su noche no hacía más que empezar (para no llegar a su fin) estaba fundada sobre el mismo principio que lo hacía creer en la religión: ninguno. Sólo la tenía. Sólo creía.

Comenzó a mascullar lo que parecía un Ave María, cuando comenzó a temblar. Su cuerpo no reaccionaba a sus órdenes, se movía convulsivamente hasta que no lo soportó más y se acurrucó en posición fetal, cubierto completamente por las sábanas, mientras gemía por el miedo entre sus balbuceos de oración. De pronto, sintió un golpe en la ventana, el viento que la sacudía. Un sudor frío le recorría la espalda. El golpe no se repitió. Respiró aliviado, pensando en que los ángeles lo estaban escuchando y empezó un padrenuestro cuando la ventana explotó en mil pedazos, la madera astillada y los vidrios fragmentados viajando por toda la habitación y no lo sopotó más. Gritó como nunca en su vida, gritó como si su vida pudiera ser salvada con ese único grito de espanto salido de lo más profundo de su ser y que continuaba cuando sintió las sábanas siendo arrancadas de cuajo de la cama por el enviado del infierno, gritó cuando sintió su fría mano que lo enderezaba y lo miraba a los ojos, los terrores del río de llamas tras la puerta a la que estaba destruyeron todos sus nervios y su cordura se convirtió en historia pasada y olvidada; su propia destrucción a manos de esa criatura disfrazada de mujer, alumbrada por los relámpagos y las fatuas luces de la noche, y el brillo en sus ojos y su significado le dieron la causa última de su muerte, y el miedo que lo acompañó en todo su viaje hacia el Estigia, donde no tuvo dos óbulos para pagar a Caronte, el miedo que lo hizo arrojarse él mismo a las llamas del río para no salir jamás a reencontrarse con el terror, surgido de todas sus pesadillas. Su destrucción comenzó con ese brillo en los ojos y la inevitable mordida y siguió con el viaje hacia el barquero estigio y el suicidio de su alma.

Luego, y por fin, oscuridad.


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