martes, 18 de noviembre de 2008

La Aparición

Y weno, aquí, un poema en prosa... algo nuevo en mi repertorio... no he escrito mucho porque he estado centrado en la composición de una sinfonía (mi primera sinfonía bien hecha :P... la otra, la arreglaré cuando pueda), para interpretarse con gente de verdad :D

y quién sabe... en una de esas io mismo la dirijo :D

y...
esop...

aquí el texto...
saludos
atte
io

por si alguien lo lee o.o...

La aparición

Medianoche.
La luz lunar se filtra por la diáfana cortina que vela la ventana. Se abren un par de ojos cansinos que expresan odio a la creación, los ojos del durmiente que no duerme, del poseso por sueños que no sueña nunca dormido y que no se consumen jamás, del que odia a Morfeo por no llevarlo y maldice a Tánatos por no auxiliarlo. Si la maldición surte el menor efecto, si el odio le interesa al odiado, al insomne no le importa, le basta con removerse en la cama y ver la hora para compadecerse de su suerte y de lo mal que lo pasará la mañana siguiente tratando de mantenerse despierto en clases. La mañana que no quiere llegar aún y que ojala no llegara nunca.
Ladridos.
Aullidos.
Los perros hacen de la noche el lúgubre escenario de un concierto para coro y solistas. Poco importa cuando son parte de la escenografía de la noche del barrio y uno ya se ha acostumbrado a su recital nocturno. Hasta le dan un toque místico y brillante a la noche. Hacen que los románticos dejen de ver colores y su visión se adapte a las penumbras de forma de verlo todo en tonalidades grisáceas.
Golpes.
En la ventana.
Una rama golpeando el vidrio, seguramente, no se digna a mirar; hasta que los golpeteos se parecieron a los de un pájaro que no se convence de estar tratando de atravesar un vidrio, o el de un montón de polillas tratando de acercarse a la luz. Al mirar, no son polillas ni pájaros, estrictamente hablando.
Un murciélago.
Gotas.
Lluvia.
De ser una persona normal, le hubiese entrado miedo o hubiese tratado de espantar al volador nocturno, un mísero murciélago buscando algún refugio de la lluvia, por lo que parecía, pero no le importó en absoluto. Siguió maldiciendo a los dioses, cualquier nombre que tomasen; en parte por su sueño, en parte por la cinematográfica y poco original escena que resultaba y que sería si se convirtiese en la de un vampiro entrando por su ventana. Por lo demás, es imposible.
¿O no?
¿Y si ocurriera?
Su vida podría tomar uno de dos vuelcos nada agradables. Por una parte, podría morir desangrado, como una presa más entre quién sabe cuántas. Por otra, podría convertirse en un vampiro y reinar la noche y a los mortales, para terminar poseyéndolos por el miedo.
Fantasías.
Un cuento de hadas.
¿Y si no lo fueran?
Por un momento, piensa, supóngase que fuera real. Sería interesante, pero terrible. No podría vivir tranquilo sabiendo que su existencia artificial depende de la vida de otros, vida real y no animada por diabólicos artificios.
Pesar.
Aquello sentiría por sus víctimas. En su mente se ve caminando directo a la salvación, a la redención del vampiro, del no muerto, caminando a la luz del día para poder expiar sus pecados y culpas con el dolor del sol abrasando su lívida piel y tornando en cenizas lo que alguna vez fue su (no) vida y ahora no es más que una carcasa vacía.
Muerte.
La única salvación, la única redención para un no muerto, para un maldito y alejado de Dios por los poderes de las sombras y un destino fatal que lo hizo ser el personaje equivocado de una lúgubre fábula jamás escrita que narra la vida de un personaje que no debió ser él.
Silencio.
El murciélago dejó de golpear y el silencio lo despierta de su penosa ensoñación. Mira por la ventana y la ve. Envuelta en penumbras. Su silueta. El mismo espectro que vuelve cada noche a mirarlo por la ventana. El fantasma de una niña, una criatura que vio interrumpida su infancia por fatales hados. Su mundo de cristal hecho añicos por algún energúmeno que soltó una piedra. Donde duerme él, era el cuarto de ella.
Pavor.
Por la muerte. Está muerta, no puede dañarlo, pero le aterra y la lluvia no ayuda a que mejore su situación. El saber que lleva innumerables años enterrada no le alivia. El problema en aquel conocimiento radica en que él sabe que ella no está enterrada. Ella murió entre las cenizas del siniestro.
Cenizas.
Siniestro.
Las palabras resuenan en su cabeza en contraposición y a favor de lo que ven sus sentidos. La fantasmal figura se acerca a la ventana y la palabra ceniza no describe ni su cuerpo ni su cara, precisamente, mientras que siniestro sí se ajusta a la escena y al rostro que ve a través del vidrio frente a sí. Una sonrisa de maquiavélico corte se distingue cuando apoya su mano contra la ventana. Lo aterra y ella lo sabe bien. Lo disfruta. Su sonrisa febril se transforma en una de infantil alegría con una celeridad tal que resulta ilógico pensar que apenas una milésima de segundo antes tuvo otra de tan disímil carácter en el mismo lugar.
Pánico.
La respiración de él se agita al darse cuenta de que es el juguete de una niña que no encuentra reposo. Nunca había tocado la ventana, y se iba cuando él posaba sus ojos en ella. Ahora no es así, es al contrario. Su cuerpo se remece en espasmos y convulsiones enfermizas, peores que las de un epiléptico; su garganta gime una nota aguda, hecha de inquietud, y siente el sudor frío resbalar por toda su piel. La figura se apoya contra la ventana con una sonrisa que la deja ver sus blancos dientes pequeños.
Oscuridad.
Las nubes se hacen densas y cubren lo poco que podía iluminar la luna tras el inicio de la tempestad. Las sombras dominan el cuarto completo y la niña acerca su cara más y más a la ventana. La respiración tan espasmódica ahora se corta como si un vacío llenara sus pulmones, un vacío que no se termina nunca de vaciar.
Un grito.
Un estruendo.
Si su grito fue más grande que el estruendo del cristal rompiéndose en mil pedazos expulsados por una fuerza impactante, la fuerza de un árbol que cayó donde antes hubo una niña fantasmagórica, es algo que nunca sabrá.

Dijeron que su corazón, fallado de nacimiento por culpa de los excesos de sus padres, no soportó la impresión de despertar con el golpe de un trueno junto al árbol que terminó rompiéndose y cayendo contra su ventana.
Dijeron que la tormenta fue terrible.
Dijeron que no debieron darle la pieza donde había dormido antes la infortunada pequeña.
Dijeron que su corazón estallaría en cualquier momento.
Jamás dijeron que los cercanos a la muerte son cercanos a los muertos.
Jamás dijeron que la muerte nunca dejó aquella habitación.
Sigue allí.
Él con ella.
El muerto con la gran tormenta, llevado por la pequeña.
Temblando en una esquina, resguardándose de sus manos, aguarda.
Temiendo que volverá y se lo llevará definitivamente.
Sigue allí.
Temblando.
Temiendo.
Aguardando.
Y allí seguirá…


2 comentarios:

Selene dijo...

Sinfonía? Me usaras de contralto verdá? xD Que bien que andes con tu poder creativo, padrino.
Lo leo después que mi cabeza anda en las últimas @_@ Pasaba a saludar xD
Cuidate mucho :)

Gittana dijo...

Que hermoso tu escribe... y porque tal olvidado tu blog???

yo te adopto... te sigo ahora!!!